Hoy comienza adviento, etapa que me gusta caminarla reconociéndome ciego, ciego frente a esta kenosis sorprendente de Dios que es la Encarnación. Hoy como orante soy conciente que no basta con arrodillarme una vez al año frente al pesebre para que la vida humana sea inundada de la vida divina; más bien es necesario que toda mi vida esté en contacto con Dios.
Navidad tendría que ser un tiempo para volvernos hacia nuestro interior en medio de la agitación, mirar adentro y dejarnos preguntar: ¿Presto atención a la historia que me toca vivir, a sus dolores y a su belleza?
Este adviento debería estimularnos a sentir el tiempo de un modo nuevo, a hacernos amigos de él; a nombrar y acompañar el tiempo que nos toca vivir (en mi caso la última etapa) y habitarla o vivirla con intensidad. Cada momento esconde su perla, y es muy hermoso si podemos llegar a descubrirla. Necesitamos recuperar la fuerza del hoy de Dios para con nosotros, asentir y poder reconocer el tiempo de su venida en tiempos de desplazamientos. Venimos hacia Él cuanto más nos adentramos hacia el fondo de nosotros mismos y de la realidad. A mayor enraizamiento en el tiempo que nos toca vivir, tanta mayor capacidad de ser sorprendidos en los lugares de abajo de la historia y sentir que es precisamente allí donde la vida nos va madurando.
Jung decía: “tan sólo somos el establo donde nace Dios”. Un establo suele oler mal: hay estiércol mezclado con paja y heno. Es una imagen simbólica de nuestro interior… y del interior de nuestras sociedades. Todo aquello que hemos reprimido: necesidades, agresividades, las aristas que ocultamos, lo no aceptado, lo no reconciliado… está allí abajo. Necesitamos abrirnos, hacernos permeables, a veces nos abrimos a través de las heridas. El establo está sin defensas; por eso entran las lluvias y también el frío; pero es precisamente en la apertura de su pobreza donde ocurre el nacimiento de la vida. Nada se rechaza. Lo sucio y lo que no cuenta, lo despreciable, lo mal mirado… pierde su aspecto desagradable y se unge de calidez y suavidad. Todo queda transformado por la irradiación de la luz que emerge desde dentro; y hay mucho más sitio del que podríamos llegar a imaginar, y mucha dignidad y mucha belleza.
“Cuando el hijo ha nacido, toda alma es María”, decía Eckhart. Convertirnos en madre es estar profundamente abiertos, sin mostrar resistencias, en una creciente receptividad. Hacernos “puro sitio”, pura capacidad; y nuestra vida entera será pesebre, cueva, espacio sin fondo donde aceptamos no solo el desplegarse de uno mismo sino también el de los otros.
El “sí” de María, su modo libre de consentir, abre las puertas a esta humildad compasiva de Dios. También nosotros necesitamos decir SI o varios si:
Un SI, que cuesta. Es el sí que nos ofrecemos a nosotros mismos, la asunción de la propia vida en su espesor, en su ambigüedad, con los avatares de su historia, y también con toda su belleza y sus posibilidades aún por estrenar.
Otro SI, es el que nos hace más parecidos a Dios. Es el sí que entregamos a los otros para afirmar sus vidas también con todo, sin dejar nada fuera, una afirmación que sana y que potencia. Es el sí que Isabel dio a María cuando ésta fue a visitarla. Está hecho de reconocimiento, de respeto y de alegría por el trabajo secreto de Dios en cada uno: “Dichosa tú, dichoso tú…” es un si muy importante en la comunidad orante.
Sigamos el ejemplo: Para llegar hasta nosotros, para ofrecer el SI de Dios al mundo, Jesús cruzó las puertas de la humildad amorosa, y el mismo camino nos está abierto a nosotros para llegar a Él. En el libro de la Sabiduría hay una descripción muy hermosa:
“Un silencio sereno lo envolvía todo
y al mediar la noche su carrera
tu Palabra todopoderosa
vino desde el trono real de los cielos…» (Sab 18,14).
En la noche, en el silencio, vino superando toda expectativa, toda razón, aun toda sabiduría, porque no vino
“como guerrero implacable… llevando una espada acerada..” (Sab 18,15).
No vino como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, como un infans entregado y abandonado a nuestras manos.
In-fans significa no hablar, no pronunciar, “el que no habla”. El que tiene todo el poder y el honor se muestra despojado de poderes y de honores. La Palabra enmudece. El desvalimiento de un niño se parece al desvalimiento de un hombre sometido y despojado de todo en una cruz. Allí tampoco habla ni se defiende: los brazos del niño suscitan amor; los brazos del crucificado lo piden también sin pronunciar palabra. Ambos esperan que alguien responda y diga: “SI”.
Otro modo de expresar este SI es decir: TE QUIERO
Paz y bien
L.peregrino