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adviento…

Hoy comienza adviento, etapa que me gusta caminarla reconociéndome ciego, ciego frente a esta kenosis sorprendente de Dios que es la Encarnación. Hoy como orante soy conciente que no basta con arrodillarme una vez al año frente al pesebre para que la  vida humana sea inundada de la vida divina; más bien es necesario que toda mi vida esté en contacto con Dios.

Navidad tendría que ser un tiempo para volvernos hacia nuestro interior en medio de la agitación, mirar adentro y dejarnos preguntar: ¿Presto atención a la historia que me toca vivir, a sus dolores y a su belleza?

Este adviento debería  estimularnos a sentir el tiempo de un modo nuevo, a hacernos amigos de él; a nombrar y acompañar el tiempo que nos toca vivir (en mi caso la última etapa) y habitarla o vivirla con intensidad. Cada momento esconde su perla, y es muy hermoso si podemos llegar a descubrirla. Necesitamos recuperar la fuerza del hoy de Dios para con nosotros, asentir y poder reconocer el tiempo de su venida en tiempos de desplazamientos. Venimos hacia Él cuanto más nos adentramos hacia el fondo de nosotros mismos y de la realidad. A mayor enraizamiento en el tiempo que nos toca vivir, tanta mayor capacidad de ser sorprendidos en los lugares de abajo de la historia y sentir que es precisamente allí donde la vida nos va madurando.

Jung decía: “tan sólo somos el establo donde nace Dios”. Un establo suele oler mal: hay estiércol mezclado con paja y heno. Es una imagen simbólica de nuestro interior… y del interior de nuestras sociedades. Todo aquello que hemos reprimido: necesidades, agresividades, las aristas que ocultamos, lo no aceptado, lo no reconciliado… está allí abajo. Necesitamos abrirnos, hacernos permeables, a veces nos abrimos a través de las heridas. El establo está sin defensas; por eso entran las lluvias y también el frío; pero es precisamente en la apertura de su pobreza donde ocurre el nacimiento de la vida. Nada se rechaza. Lo sucio y lo que no cuenta, lo despreciable, lo mal mirado… pierde su aspecto desagradable y se unge de calidez y suavidad. Todo queda transformado por la irradiación de la luz que emerge desde dentro; y hay mucho más sitio del que podríamos llegar a imaginar, y mucha dignidad y mucha belleza.

“Cuando el hijo ha nacido, toda alma es María”, decía Eckhart. Convertirnos en madre es estar profundamente abiertos, sin mostrar resistencias, en una creciente receptividad. Hacernos “puro sitio”, pura capacidad; y nuestra vida entera será pesebre, cueva, espacio sin fondo donde aceptamos no solo el desplegarse de uno mismo sino también el de los otros.

El “sí de María, su modo libre de consentir, abre las puertas a esta humildad compasiva de Dios. También nosotros necesitamos decir SI o varios si:

Un SI, que cuesta. Es el que nos ofrecemos a nosotros mismos, la asunción de la propia vida en su espesor, en su ambigüedad, con los avatares de su historia, y también con toda su belleza y sus posibilidades aún por estrenar.

Otro SI, es el que nos hace más parecidos a Dios. Es el que entregamos a los otros para afirmar sus vidas también con todo, sin dejar nada fuera, una afirmación que sana y que potencia. Es el sí que Isabel dio a María cuando ésta fue a visitarla. Está hecho de reconocimiento, de respeto y de alegría por el trabajo secreto de Dios en cada uno: “Dichosa tú, dichoso tú…” es un si muy importante en la comunidad orante.

Sigamos el ejemplo: Para llegar hasta nosotros, para ofrecer el SI de Dios al mundo, Jesús cruzó las puertas de la humildad amorosa, y el mismo camino nos está abierto a nosotros para llegar a Él. En el libro de la Sabiduría hay una descripción muy hermosa:

Un silencio sereno lo envolvía todo

y al mediar la noche su carrera

 tu Palabra todopoderosa

 vino desde el trono real de los cielos…» (Sab 18,14).

En la noche, en el silencio, vino superando toda expectativa, toda razón, aun toda sabiduría, porque no vino

como guerrero implacable… llevando una espada acerada..” (Sab 18,15).

No vino como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, como un infans entregado y abandonado a nuestras manos.

In-fans significa no hablar, no pronunciar, “el que no habla”. El que tiene todo el poder y el honor se muestra despojado de poderes y de honores. La Palabra enmudece. El desvalimiento de un niño se parece al desvalimiento de un hombre sometido y despojado de todo en una cruz. Allí tampoco habla ni se defiende: los brazos del niño suscitan amor; los brazos del crucificado lo piden también sin pronunciar palabra. Ambos esperan que alguien responda y diga: “SI”.

Otro modo de expresar este SI es decir: TE QUIERO

Paz y bien

L.peregrino

Aquel que despierta verdaderamente al camino espiritual y es fiel a la llamada a la oración contemplativa entra en un país totalmente nuevo. Todo absolutamente todo, es diferente. Diferente por su calidad, por su sentido y por el objeto de su conocimiento. Diferente también por la llamada a cierto comportamiento a una cierta relación con los demás y con toda la vida. El principiante en el camino pisa un suelo nuevo, lleno de sorpresas, de tentaciones y de peligros. Muchas cosas asustan, otras le parecen profundamente familiares. Al principio está, naturalmente, suspendido entre dos universos, entre la promesa y las exigencias de lo nuevo y el peso del antiguo mundo habitual, entre el espíritu de aventura que le empuja hacia lo inexplorado y la necesidad de seguridad que le remite a sus costumbres; entre el impulso de fuerzas aún desconocidas y la fidelidad a los antiguos valores. Todo depende en este momento de una decisión inequívoca y de la tenacidad en llevarla a cabo. Hay que atreverse a salir de las estrechas fronteras de un orden tranquilizador para entrar en el vasto terreno de la libertad que no posee ningún sistema de seguridad; aceptar el riesgo de ser infiel al orden y a las leyes establecidas para ser fiel a lo inaudito, cuya promesa y obediencia brota del corazón del Ser esencial; abandonar la red de relaciones humanas, superficiales, bien organizadas, para afrontar la soledad que va pareja con la profundidad, profundidad donde sólo encuentran un lugar aquellos contacto que dejan resonar su voz secreta. Quien ha despertado al camino se convierte en ciudadano de otro reino, que no es de este mundo, sino el de su origen hacia el que comienza a retornar. Sus únicos y auténticos lazos le unen a aquellas personas que el siente son sus hermanos y hermanas en el SER. El país nuevo en que entra es siempre un país de revolucionarios. Los sistemas existentes sólo son reconocidos si preparan una renovación. Si oprimen lo que suponen el futuro son combatidos. El hombre iniciado en el camino espiritual es un foco de confusión. Nada le inmoviliza, ni incluso, y sobre todo, el hecho de encontrar, en el curso de su evolución, el objeto de su constante búsqueda. La vida iniciativa es siempre sorprendente y peligrosa, para los enemigos, para los amigos y para uno mismo. Sin detenerse… sin punto de llegada… Durckheim (adaptado) Leo…peregrino

Nada es tan dulce al corazón de tu Esposa, Dios mío, como oírte hacer el elogio de su propia belleza. Y no por vanidad de su parte; no, en absoluto. Demasiado bien sabe que todo lo que tiene lo tiene de Ti. Lo que le agrada es agradarte. Lo que le encanta es encantarte a Ti. Toda alma que comprende lo que Tú eres no debería tener otra ambición que ésa: atraer tus miradas y retenerlas por su auténtica belleza por eso nos sentamos en Oración Centrante por la mañana y por la tarde, y durante el día procuramos vivir en conciencia plena (que nos habitas). Después de tantos trabajos y de tantas penas, tu obra está, pues, acabada; la contemplas (en silencio dispuesta a TI). Y te agrada tanto, Divino Artista, que la declaras perfecta y bellísima. Este elogio, tan precioso, lo diriges a toda alma cuando entra en tu cielo. Pero tu amor no siempre puede esperar este momento. Quiere expresarse cuanto antes. Le cuesta mucho callarse. Y habla. Dice una sola frase, ¡pero qué frase! “¡Qué hermosa eres, Amada mía! Toda pulcra eres, amiga mía… eres lo más bello que hay en el mundo. Necesito decírtelo. No temo hacerlo. Es verdad. Tu corazón está dispuesto para oírlo. Sí, Yo, tu Dios, Yo te lo digo; no lo dudes un instante: eres bella con la verdadera belleza. Y lo serás siempre. Alégrate”

Oremos: Gracias Padre, gracias Amado de mi alma, hay en tu voz un acento que no engaña. La emoción que sobrecoge nuestra alma hasta el fondo no puede tener otra causa que Tú. Sólo Tú puedes obrar en ese centro interior. Sólo Tú puedes derramar allí una tal paz, una tal seguridad, una tal beatitud. Por los frutos se conoce al árbol. Por la obra se conoce al obrero. De tu Gracia, Dios mío, podemos decir que “es más bella que la belleza”. En ella nada choca, nada sorprende, nada se impone a viva fuerza. Ejerce su señorío sin permitir casi que se percate uno de ello. Envuelve en una atmósfera de paz, de silencio y de santidad. Se la admira sin esfuerzo y sin cansancio. Hace olvidarlo todo. Se hace olvidar a sí misma, para hacerse paladear mejor. Tiene algo humilde, modesto, en su manera.

Sí, la Gracia, TU GRACIA, es “más bella que la belleza”. Amen.

(Leer como complemento ¿acaso no somos el amor de su vida? En www.ocarg.worpress.com)

Leo, peregrino

Retiro de silencio, una cabaña en medio de un bosque…

Creo que ha sido altamente positivo haber experimentado (algunos) y aprendido (otros) a compaginar la energía del fondo con la actividad de la superficie; la conciencia que señala la profundidad y la que indica la superficie. Y esto no únicamente en momentos especiales, sino de una manera permanente (desde que llegamos a la cabaña en medio del bosque) si bien el grupo era joven (excepto yo) cada uno asumió su rol de ser activo en silencio; y  silencioso en actividad. Esto muchas veces imposible sin adquirir un apartamiento interno, se dio muy naturalmente aunque dos “Facundo y Lucas” nunca habían hecho un retiro de silencio. Este logro esta muy cerca de las formulaciones que la misma ciencia hace al investigar la meditación y la fenomenología de la interiorización. Es muy sabido que la palabra clave en todos los procesos religiosos de liberación de la conciencia, y que señala el objetivo de todo trabajo de interiorización es: “desapego” y en este retiro sin hablar de ello lo vivimos como experiencia.

En ninguno de nosotros había una actitud pasiva, al estilo de lo inerte, de lo indiferente, sino un estado “no condicionado”, que representa el gozo de una conciencia libre, penetrante y respetuosa con la realidad que individualmente nos toca vivir.

Cuando se vive desde esa conciencia, ocurre todo lo que tiene que ocurrir; incluso el sufrimiento y el dolor inevitable (*), pero “no condicionó la conciencia”; ésta siempre es “dueña” de la situación en todo momento.

Experimentamos así que no es únicamente válida esta “libertad interior” cuando se quiere meditar sino en todo momento de la vida diaria, en la que hay que mantener la mente en un estado de sereno desapego, incluso cuando uno esta físicamente activo (cocinar, desayuno, poner la mesa, guardar el orden de la casa, poner la mesa, lavar la vajilla, etc.)

Como no había preestablecido un programa, solo queríamos meditar el máximo de tiempo que nuestros cuerpos aguanten, lo hicimos siguiendo el método de la Oración Centrante que es la oración que hacen los que participan en esta comunidad espiritual llamada “puntas de lanza”.

El guía solo actuaba haciendo una oración vocal al inicio, y algunas palabras (muy pocas) de situación, podía ver en todos una postura y actitud meditativa de expertos. Dispuestos a ver todo en toda su lucidez, sin ningún condicionamiento.

Luego de condicionar todo, cenamos, hicimos la primera sentada a pesar de un día de trabajo y corridas para llegar al punto de encuentro para salir a la hora indicada, no queríamos irnos a dormir sin tener la primicia de buscado. Celebramos la cena del Señor y luego de recibir individualmente la bendición y un fuerte abrazo nos retiramos a dormir. Al amanecer del sábado fueron despertados por la recitación de los salmos en voz alta y algunos cantados… así fueron bajando del aposento alto los muchachos, en silencio luego de la higiene tomaron su desayuno y buscaron su lugar para la sentada… y así entre sentada y caminata meditativa se pasó el tiempo.

Creo que se alcanzó el punto central del acto meditativo que es “la libertad interior”, esa libertad que lleva a una experiencia de soledad, perfectamente lógica al encontrarnos sin los condicionamientos habituales, al alejarnos de “la superficie” y sobre todo de la manera superficial de estar en ella.

Por algunos comentarios que hacían, (y lo experimentado personalmente) vivenciamos lo que San Juan de la Cruz llama “advertencia sencilla” al referirse a la disposición para poder sostener el hecho contemplativo, hecho que coincide con la “alerta percepción” puesto que éste afirma que en toda mirada sencilla hay una atención total y ésta siempre implica “amor”. Una mente totalmente proyectada hacia la realidad, y des-condicionada,  siempre entra en comunión, lo que no es concebible sin un grado de amor.

El domingo luego de dos sentadas de media hora, al indicar salir lentamente de la segunda… indico descansemos… quedamos todos… si bien cambiando un poco la postura, algunos tendidos en el mismo lugar, con los ojos abiertos o cerrados por momentos, por un largo rato, en un “un momento muy especial” para todos (según testimonio). La mirada, de la naturaleza (meditamos frente a un gran ventanal que da al bosque y entre nosotros, la califico como de “pasiva e impersonal”: Mirada pasiva porque ocurría sin lo que ordinariamente consideramos como “actividad” (nadie comentaba algo ni decía miren esto o aquello, todos estaban en silencio), y mirada impersonal porque mirábamos sin los condicionamientos que habitualmente identificamos como entidad, a la que llamamos “ego”, un “yo” falso, sobre el cual basamos de ordinario nuestra idea de personalidad.

Como enseñanza de esta pasiva-actividad (momento que marco a todos), bajo la apariencia de no hacer nada, de estar pasivo, descubrimos un estado, muy distante de la autentica pasividad, de una grandísima actividad o dinamismo. Agrego aquí que para que este estado sea aceptado sin prejuicio y como un espacio para la experiencia cotidiana, tiene el orante que descubrir que no sólo se es activo a través de la conciencia exterior, mediante el músculo y la voluntad, sino sobre todo a través de la mente silenciosa que se abre a la acción a través de canales y espacios aún no explorados y sin relación directa con el tiempo ni el espacio.

La mente entra en una dimensión “atemporal” e “in-espacial” donde sería un error pensar que todo ha de ocurrir como habitualmente. Más bien podríamos decir que ocurre “como no lo pensamos”, porque sencillamente se revela y se mantiene al cesar el pensamiento.

Al regresar… uno dijo (con pesar) “volvemos a la ciudad” a lo que respondió Facundo (aspirante) si… volvemos pero “traemos el bosque adentro” y me pareció maravillosa esta declaración y también un desafío a seguir profundizando la experiencia. Es imprescindible el hacer planteamientos prácticos, que puedan permitir un trabajo inteligente, de todo lo vivido. A pesar de que algunas cosas son sabidas y expuestas cuando enfatizamos de los beneficios del silencio, no obstante creo necesario mayores precisiones de cara a la práctica en el diario vivir. Más que una técnica la alerta pasiva es una actitud que desvela a toda la persona, sumergiéndola en el acontecimiento cotidiano, aunque de una manera no habitual. Es otro mundo. Y dada la cultura en la que nos movemos cotidianamente, todo esto representa (en principio) un mundo dificultoso, pero que no es tan así ya que hemos experimentado que es posible en solo dos días en el bosque. Así lo afirman nuestros místicos.

Les invito a volver al blog en días posteriores… para seguir en el tema y clarificar la práctica. Intentaré ayudarles a dar esa especie de salto mortal hacia la conciencia pasiva. No teman, lo considero salto mortal porque en el hecho mismo de observar en silencio se desvanece el “yo falso” de la persona, el “ego” que la condiciona.

Puntas de lanza… monjes urbanos, llamados a ser luz y sal de este mundo, les dejo con esto de Sta.Teresa que debería ser nuestro himno…

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza;  quien a Dios tiene  nada le falta: Sólo Dios basta.
Eleva el pensamiento, al cielo sube,  por nada te acongojes, nada te turbe.
A Jesucristo sigue con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo? es gloria vana;  nada tiene de estable, todo se pasa.
Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.
Ámala cual merece bondad inmensa;  pero no hay amor fino sin la paciencia.
Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza.
Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos,  cruces, desgracias;  siendo Dios su tesoro,  Nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo;  Id, dichas vanas;  aunque todo lo pierda, Sólo Dios basta

(*) Este retiro estuvo precedido de muchas pruebas, algunos puntas se bajaron por diferentes motivos “válidos y no tan válidos”  el tiempo pronosticado (y como fue) era de alerta meteorológica, pero cinco nos embarcamos aún con muchas cosas que nos hacian preguntar ¿será lo que Dios quiere? yo antes de salir…  “aunque parezca descalificador lo que voy a decir, voy a pensar que Dios escogio a los que debian participar de este retiro por alguna situación especial que quiere poner en nuestros corazones”.  Así lo tomamos y así nos dispusimos al Señor, aun extrañando a los que no pudieron estar, viajamos sin incovenientes y todo fue una bendición, entre muchos árboles uno  cayo a tierra cerca de donde estaba mi coche… “el Señor cuido esto también” y confirmo que el sentir de algunos era puesto por El.

Paz y bien…

Paz y bien

Leo

Varios hermanos-as  han preguntado ¿estoy en la noche de los sentidos?, ¿esto que me sucede corresponde a la noche de los sentidos?, etc. etc. cosa que me lleva a invitar a los maestros a que den su opinión:

“…ya se han ejercitado algún tiempo en el camino de la virtud, perseverando en meditación y oración, en que con el sabor y gusto que allí han hallado se han desaficionado de las cosas del mundo y cobrado algunas fuerzas espirituales en Dios, con que tienen algo refrenados los apetitos de las criaturas, con que podrán sufrir por Dios un poco de carga y sequedad sin volver atrás al mejor tiempo…” (1)

“…cuando el apetito está algo cebado y habituado a las cosas del espíritu en alguna manera, con alguna fortaleza y constancia, luego comienza Dios, como dicen, a destetar el alma y ponerla en estado de contemplación. Lo cual suele ser en algunas personas muy en breve, mayormente en gente religiosa, porque más en breve negadas las cosas del siglo, acomodan a Dios el sentido y apetito…” (2)

Como bien lo dice el Santo, en personas de cierta vida piadosa y entrega, esta transición ocurre fácilmente, por supuesto que la Oración Centrante crea condiciones para que esto ocurra. Hoy conocemos que muchas personas y no me refiero solo a seglares sino religiosas acuden a grupos ya sea de un signo u otro, de influencias o corte orientales buscando “no se que” a través de “técnicas” de interiorización donde abundan charlatanes sin testimonio de vida. Debemos saber y tener presente como así también aconsejar que cualquier procedimiento que favorezca realmente un proceso real en el camino de la interiorización y meditación u oración, pasa necesariamente por un fortalecimiento de la propia conciencia, por una limpieza, siquiera sea relativa de la misma, y por una buena catequesis. Esta como medio para evitar las resistencias normales, habituales en el camino de la transición, y las equivocaciones doctrinales, que todos conocemos.

Por que de se da esta noche…

En el primer libro de la noche pasiva del sentido, san Juan de la Cruz describe, con cierto detalle, los defectos de los principiantes.

A todos esos defectos, propios de principiantes, aunque muchas veces dorados y vistos como autenticas virtudes, el santo los llama “niñerías”. Y de todo eso hay que purificarse, dejando que la luz de Dios atraviese toda las impresionante espesura de nuestro ser interno y nos vaya revelando nuestro verdadero talento interior.

Es siempre un descubrimiento doloroso. Y ese dolor es parte de este periodo, aunque ocurre dentro de un clima de una paz que “no entiende”, perfectamente compatible con la conciencia de toda nuestra realidad infantil y egoísta.

“…por lo cual conviene mucho a éstos entrar en la noche oscura… para que se purguen de estas niñerías…” (3)

Y justo con este descubrimiento doloroso, una aparente impotencia y desajuste interior en relación a las cosas de Dios. El orante comienza a vivirse como una contradicción, como una paradoja viviente, sin advertir que así se comienza a presentar el proceso de espiritualización. La causa de esta situación dice san Juan de la Cruz:

“… de esta sequedad es porque muda Dios los bienes y fuerzas del sentido al espíritu, de los cuales, por no ser capaz el sentido y fuerza natural, se queda ayuno (sin comida), seco, vacío; porque la parte sensitiva no tiene habilidad para lo que es puro espíritu, y así, gustando el espíritu, se desabre la carne y se afloja para obrar…” (4)

Cuando Jesús habla a la Samaritana le dice que “…Dios es Espíritu… y que los que adoran deben adorar en espíritu y verdad…” (5)

El Dios de “verdad” es puro espíritu. Y quien, en la oración, va realizando el proceso de acercamiento a Dios, se va acercando al Dios espiritual. Nuestras formas actuales de relación con Dios son excesivamente “sensibles”, simbólicas, imaginativas, discursiva,: Muchas personas no han conocido ni barruntado (6) nunca que todo pueda ser de manera distinta a esas formas habituales de relación. Dios, siempre flexible y acomodado al hombre débil, tiene una pedagogía inicial de “comunicarse a través de lo sentido, de lo pensado, de lo imaginado”. Naturalmente que se comunica a lo espiritual del hombre, pero a través de formas sensibles.

El esquema sería:

DIOS: ESPIRITU

 

(se comunica a través de los sentidos)

gustos,

ideas,

imágenes,

discursos

 

ESPIRITU DEL HOMBRE

 

 

Esta es como la primera formulación del camino espiritual. Es como una primavera floreciente, donde el estallido y el color lo inundan todo. (7)

Tal tipo de relación, que es la “normal” en estos momentos, tiende a desaparecer, y desaparece de hecho, cuando Dios invita al crecimiento. 

DIOS: ESPIRITU

 

(Se comunica directamente)

al

ESPIRITU DEL HOMBRE

 

Los gustos, ideas, imágenes y discursos eran “el lugar de encuentro”, como la zarza ardiendo en la que el Señor se manifestaba. Y ese “lugar” acude una y otra vez el orante esperando encontrar a Dios en el gusto, en la idea y en la imagen. Y un día Dios no aparece: no hay gusto en las cosas de Dios; ninguna imagen nos dice nada; ninguna idea resulta atrayente y una suerte de pereza dificulta el hecho mismo del pensar y del discurrir.

Ese cauce de agua, al que normalmente acudía la persona para beber el agua de Dios, “se ha secado”, pero no por falta de agua; sino porque el agua “ha sido desviada”. A partir de este momento Dios se comunica directamente al espíritu del hombre. En estas condiciones “la carne se desabre”, como dice san Juan de la Cruz. Es decir nada de lo que no es espíritu puro tiene atractivo. La carne, en este caso, es todo lo que pertenece a la condición de niños y de principiantes.

Esta es la razón “fundamental” de la nueva situación, de esa especie de paradoja interior que se experimenta en estos comienzos de la contemplación. Esa nueva manera de irrupción de Dios tiende a inflamar con más fuerza y más directamente. Pero de hecho esa inflamación en el amor de Dios “no ocurre” desde el comienzo. La causa es bien comprensible:

  • La persona no esta preparada para tan sutil y delicada presencia (8)
  • No se aquieta ni acepta la nueva situación, turbando la paz y tranquilidad que esta presencia espiritual necesita para expandirse (9) 

En este preciso momento el orante necesita entender lo que ocurre y aceptarlo como situación personal suya. A esto contribuye el reconocer esa presencia a través de unas señales y acomodar la conducta a la nueva situación y manera de oración.

En la próxima entrega veremos las señales de la transición, para así reconocer la nueva situación. Independientemente de todo esto, sigue fiel en tu práctica diaria ya sea que la comunicación con el Santo sea por los sentidos, ideas, imágenes, etc. o ya sin ellos…lo que importa es seguir en el camino… permanecer es avanzar…

Paz y bien

Leo… peregrino

(1)   S.Juan de la Cruz: Noche I, 8,3

(2)   S. Juan de la Cruz: Llama 3,32

(3)   Noche:  I, 6,6

(4)   Noche:  I, 9,4

(5)   Jun 4:24

(6)   Conjeturar o presentir que va a ocurrir una cosa

(7)   Noche:  1, 1,3

(8)   Cfr. Noche I 9,4; 4,1

(9)   Noche I,11,1

(según los maestros) 

El descubrimiento de la oración centrante, de una comunidad orante (mística) que crece día a día en el mundo, la relación con nuevos hermanos, el cambio de mentalidad y de vida y el gusto por la espiritualidad son gracias frecuentes al iniciarse en el caminar espiritual. Pero con demasiada frecuencia esta experiencia queda truncada. A medio camino, la hoguera se apaga. Desaparece el entusiasmo, y nos instalamos en una nueva mediocridad religiosa. Tenemos la sensación de que hay un techo en el crecimiento espiritual que no se puede rebasar. Nos acomodamos a nuestra situación sin aspirar a nada más. Al intentar centrarnos en la presencia de Dios, experimentamos el tedio.

Entonces podemos reaccionar de dos maneras (ambas negativas):

  • Desanimarnos y dejar de orar, o
  • Acomodarnos a la falta de gusto por la oración y optar por los ritos externos y la acción.

Pero seguramente, si se nos hace difícil la oración centrante, es por alguna razón. Esta falta de gusto tiene una explicación. En nuestra vida espiritual podemos encontrarnos con diversos tipos de dificultades que es necesario reconocer y diferenciar. Es preciso averiguar las causas que provocan que nuestra oracion no sea fecunda. Unas son de origen natural, y de las otras podría decirse que son de origen espiritual. Las causas de origen natural son las que nacen de nuestra psicología y del entorno psicológico en que nos movemos. Pueden ser de dos tipos:

Las dificultades de origen natual: son las derivadas de las diferentes situaciones de nuestra vida cotidiana. Son dificultades originadas por los problemas de cada día (trabajo, tareas del hogar, familia…), de nuestro ritmo psicológico (enamoramiento, estrés, depresión, éxitos, fracasos…) y biológicos (enfermedades, ciclo menstrual, problemas de la edad – menopausia, andropausia). Es muy importante saber discernir. Es preciso identificar cada situación y no atribuirlo todo a causas puramente espirituales. En una situación de enamoramiento podemos vivir momentos de euforia y de melancolía, pero no hay que confundirlo con sentir el consuelo del Espíritu Santo o padecer la noche oscura del alma. A veces, lo que interpretamos como sequedad espiritual no es más que una baja presión sanguínea, y se arregla con un poco de café o con ejercicio físico. Casos similares serían las fluctuaciones de estados de ánimo durante la adolescencia, o las causadas por las variaciones de nuestra situación laboral o económica.

Yo creo que siempre se puede (o se debe) hacer una lectura espiritual de las situaciones humanas, porque todo aquello que es profundamente humano tiene una dimensión espiritual. A veces nuestra vida cotidiana nos ayuda a entender realidades muy profundas.

Si bien a los que amamos a Dios todo ayuda para bien, no hay que confundir, la tristeza que produce no ser correspondido sentimentalmente, el cansancio provocado por la falta de sueño, la frustración por la pérdida del trabajo, o el desánimo fruto de los malos resultados de un examen, no son: ni un combate espiritual, ni una crisis de fe, ni una noche oscura del alma. Hay que hacer todo lo posible para solventar cada situación y esperar tiempos mejores. De todas maneras, Dios puede extraer frutos buenos de aquellas circunstancias que a nosotros pueden parecernos malas. Mientras tanto, no hay que desanimarse y hay que seguir adelante. Es un buen momento para pedir ayuda.

La segunda dificultad de tipo natural es la falta de caminos para profundizar. Normalmente, nuestro crecimiento viene determinado por el hecho de estar cerca de personas maduras espiritualmente. Sin maestros que nos guíen, difícilmente avanzaremos. Hemos sido creados para evolucionar, para caminar, para progresar. Necesitamos profundizar tanto como el aire que respiramos. De lo contrario, moriremos espiritualmente y nos convertimos en cadáveres piadosos. Cuando no crecemos nos falta algo. Si siempre meditamos lo mismo sin profundizar en el texto, acabamos aburriéndonos. ¿Acaso será un desierto espiritual? Evidentemente, no.

Necesitamos maestros que nos abran nuevos horizontes, que nos enseñen a leer las escrituras, a escuchar a Dios, a interceder, a evangelizar. Hacen falta personas preparadas que nos expliquen la doctrina de la iglesia, que nos hagan disfrutar de la liturgia, que nos animen en los momentos difíciles. Hesitamos guías espirituales que nos enseñen a orar y nos orienten en nuestra vida interior. Sin esta ayuda exterior nos quedaremos estancados espiritualmente.

Pero también nos frenan dificultades de tipo espiritual. El egoísmo ensucia nuestra relación con Dios. Es difícil escuchar a Dios cuando estamos centrados en nosotros mismos. Nuestra alma se convierte en un bloque de hielo en el que difícilmente puede prender la llama que el Espíritu intenta encender en nosotros. La pereza, la avaricia, la envidia, los celos o la ambición generan un clima hostil a la gracia.

Un primer paso es bien simple: “el arrepentimiento”.

Si la pereza, los pensamientos negativos o el malhumor bloquean nuestra oración, es necesario arrepentirse. La reconciliación es el marco adecuado para explicitar esta voluntad de cambio.

 

Pero hay dificultades espirituales que no son tan evidentes. En la medida en que profundizamos en la exploración de nuestro interior, descubrimos zonas oscuras que hay que iluminar. Son realidades tenebrosas a las que tenemos que enfrentarnos con valentía; de lo contrario, nunca maduraremos. Es una experiencia similar a un psicoanálisis, en el que hay que resolver determinados conflictos, o una competición deportiva, en la que hay que superar diferentes obstáculos. Cada conflicto, interno o externo, es una oportunidad para  convertirnos. El proceso de crecimiento es un camino de conversión constante.

Una de las expresiones de estos conflictos internos son las tentaciones. Es el caso de Jesús llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado (Mt. 4:1); o el de los padres del desierto que se retiraban para luchar contra los demonios.

Estas tentaciones no nacen directamente del pecado personal, sino que Dios permite los combates singulares contra el mal para fortalecernos. Son crisis de crecimiento que nos abren puertas a nuevos estadios del ser. Seguramente, cualquier victoria sobre el mal en esta guerra particular tiene una resonancia a nivel cósmico.

Si frenamos el proceso de purificación, la gracia se detiene. En cambio, si estamos abiertos a la acción del Espíritu y permitimos que éste ilumine nuestro interior, cada vez conoceremos mejor quien es Dios y cuan grande es el amor que nos tiene.

 

Nota: seamos dóciles en este proceso, dejándonos tratar y haciendo lo que nos corresponde como discípulos del Señor. Confronta tu situación con la realidad a la que has sido llamado y has los cambios que correspondan.

L. Peregrino

 La meditación es libertad, la liberad de los hijos de Dios. Lo que sucede durante la meditación es que uno se desprende del ego y se reconecta con su verdadero ser. Por eso la meditación tiene mucho que ver con relacionarse y no con aislarse o escaparse. Se trata en primer lugar de relacionarse sana y verdaderamente con nosotros mismos. Eso es, finalmente, la base de nuestra relación con los demás.

En la meditación, salimos de la auto fijación, la autoconciencia, la auto obsesión, hacia una nueva libertad de espíritu. Una persona que esta fijada en sí misma no puede amar. Una persona egoísta no puede ser feliz. Hay un hermoso texto budista que resume el budismo Mahayana “Toda la infelicidad del mundo proviene de la gente que trata de encontrar la felicidad para ellos mismos. Toda la felicidad del mundo proviene de la gente que esta tratando de hacer feliz a otra gente”. Es lo mismo que dice el evangelio. Eso es lo que significa el olvidarse de uno mismo: “encontrar la
felicidad liberándonos de nuestro ego, y adentrándonos en esa gran relación que es Dios”.

¿Cómo lo hacemos en la meditación? A través de la simplicidad. Dejamos de pensar en nosotros mismos. Retiramos la conciencia fuera de nosotros mismos. Por supuesto no es sencillo. No es sencillo dejar de pensar en nosotros mismos, porque estamos muy enredados en nosotros mismos. Pero en la meditación revertimos el proceso, terminamos con ese hábito. Tratamos de hacer algo distinto. Dejamos de pensar en nosotros mismos y nuestra atención se mueve a un lugar más profundo y a un lugar más puro, a un lugar más silencioso, más conciente a medida que nos adentramos en la mente de Cristo. Ahora bien, esto no significa que estemos pensando en Dios o en Cristo. En la meditación no pensamos en Dios pero le prestamos atención a Dios. Pero no le prestamos atención a Dios como un objeto o un pensamiento. Cuando decimos que le prestamos atención a Dios, queremos significar lo que dice Jesús, que estamos amando a Dios con todo nuestro ser, con toda nuestra mente, con toda nuestra fuerza. Esta es una distinción muy importante a tener en cuenta si se quiere entender que se hace al meditar. La meditación no es pensar.
(L.Freeman)

autoestima

Un Discípulo se acercaba a su maestro con estas palabras: -Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Como puedo mejorar?, ¿Que puedo hacer para que me valoren mas? El maestro sin mirarlo, le dijo: – ¡Cuanto lo siento muchacho!, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después… (y haciendo una pausa agrego) si quisieras ayudarme tu a mi, yo podría resolver este problema con mas rapidez y después tal vez te pueda ayudar. -E…encantado, maestro- dijo titubeando el joven, pero… sintió que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas. -Bien, (asintió el maestro); Se quito un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agrego: toma el caballo que esta allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por el la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El joven tomo el anillo, monto a caballo y partió. Apenas llego empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenia instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazo la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado (más de cien personas) y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó. Cuanto hubiera deseado el joven tener el mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado el mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación. -Maestro (dijo)… lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo. – ¡Que importante lo que dijiste, joven amigo! (contesto sonriente el maestro). Debemos saber primero el verdadero valor del anillo ante de pedir nada por el, ¿no crees?. Vuelve pues a montar y vete al joyero, porque. ¿Quien mejor que el para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por el. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examino el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender YA, no puedo darle mas que 58 monedas de oro por su anillo. – ¡58 MONEDAS! … Exclamo el joven. Si, (replico el joyero) yo se que con tiempo podríamos obtener por el cerca de 70 monedas, pero no sé…si la venta es urgente… El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido. -Siéntate- (dijo el maestro después de escucharlo, y mientras se colocaba de nuevo su anillo en su dedo) discípulo mío, tu eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, solo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Que haces andando por la vida y pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Recuerda siempre… Vales mucho… muchísimo…

Todo acercamiento autentico a la Biblia supone una escucha orante y contemplativa de la Palabra de Dios. Nunca somos dueños de la Palabra; somos siempre servidores. Una de las formas cristianas mas antiguas de orar se llama “Lectio Divina” (lectura orante de la Biblia) Esta practica nos invita a ser peregrinos, a emprender un camino hacia el corazón del texto bíblico. La lectura orante de la Biblia nos lleva poco a poco a morar dentro de la Palabra de Dios. Como dice Jesús: “si permanecen en mi palabra, verdaderamente serán mis discípulos, conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8:31-32). Antes de compartir la palabra con otras personas, es necesario recibirla en nuestro corazón, en las entrañas de nuestro ser, y permanecer dentro de ella. En la “Lectio Divina” oramos la Palabra. Es más un camino de transformación que de información. Por medio de esta practica espiritual aprendemos a alimentarnos de la Palabra de Dios, así como hizo Ezequiel, y sentirla “dulce como la miel” (Ez 3:3). La lectura orante de la Biblia es una parte esencial del proceso de preparación de una predicación. Antes de empezar a “trepar el cerro” (*), antes de entrar en el estudio del texto bíblico, nos quitamos las sandalias en el desierto silencioso del corazón (o en el silencio de un grupo que practica lectura orante en comunidad), y como el joven Samuel, nos dirigimos a Dios: “Habla, Señor, tu siervo escucha” (1 Sam 3:9-10) Un monje del Siglo XII, Guido II, dividió la Lectura Orante de la Biblia en cuatro pasos:

  1. Lectura: Leer y escuchar la palabra con una actitud orante.
  2. Meditación: Repetición meditativa; dejar que una palabra o frase del texto haga eco en el interior del corazón.
  3. Oración: Responder a Dios, Fuente de la Palabra, con acción de gracias, preguntas, alabanzas, dudas, lágrimas, silencio, etc.
  4. Contemplación: Dejarnos transformar por la Palabra-hecha-carne en nosotros. Esta es una acción gratuita de Dios.

Unos años después, Hugo de San Víctor añadió un 5º paso:

      5.   Praxis: Llevar a lo cotidiano la practica de la Palabra contemplada.

Hay, sin embargo, un paso previo que no se puede dejar de mencionar directamente: el silencio contemplativo. Este paso, previo a los demás, nos prepara para acoger la Palabra en la meditación. Lo llamamos el “paso cero”, porque no es un “hacer”, sino un “dejar de hacer”.

      0.   Silencio contemplativo: La Lectura Orante de la Biblia empieza cuando hacemos un alto al pie del cerro, y nos entregamos al silencio de Dios. Este alto tiene que ser de verdad: dejar de hablar; apagar la computadora, el teléfono y la radio; calmar el barullo mental por medio de alguna práctica meditativa. En este paso es importante “no hacer nada”. Nos ponemos en la presencia de Dios, en actitud de escucha atenta, cultivando el silencio interior. Éste es el punto de partida para toda predicación. Solo si aprendemos a permanecer en el silencio de Dios podremos descubrir las palabras correctas, palabras que no sean arrogantes ni vacías, palabras que son a la vez verdaderas y humildes. Sólo si el centro de nuestras vidas es el silencio de Dios mismo, sabremos cuándo acaba el lenguaje y cuando comienza el silencio, cuando proclamar y cuando callar.

Dice el Maestro Eckhart (Dominico del siglo XIV). “Si Jesús ha de hablar en el alma, ella debe estar sola y silenciosa. Entonces entra Él y comienza a hablar”. El predicar es siempre, y ante todo, alguien que mendiga –desde el silencio hambriento de su corazón- un pedazo de la Palabra de Dios para dárselo a los demás. Moisés, descalzo y atento ante la zarza ardiente, se deja hundir en el silencio de Dios. Su vocación profética, su vocación como predicador nace de este encuentro místico.

(*) Preparar un mensaje es como subir a un cerro, si uno quiere llegar al otro lado del cerro, sólo hay un camino: el subir y bajar. Hay que sudar un poco. Algunos tratan de llegar al otro lado por un camino fácil, rodeando el cerro sin tener que subir… pero estos solo darán palabras, eso no es predicar el Evangelio, no es la Buena Nueva. (Brian Pierce- manual para predicadores)

Humanos y divinos…

Somos seres históricos y eternos, humanos y divinos, cielo y tierra, olas y agua, pámpano y vid, o como dice Pablo “llevamos este tesoro de la vida divina en vasijas de barro humano (2 Cor. 4:7). El lugar donde estas dos dimensiones se encuentran es, el debir (lugar santo, tálamo nupcial, hondón, inconciente) como templos del Dios vivo. Dice maestro Eckhart: “el alma es creada en la conjunción (*) del tiempo y la eternidad… ella contiene la imagen de Dios y es como Dios”. Para los cristianos la encarnación de Jesús es lo que posibilita es lo que posibilita que esta conjunción entre el tiempo y la eternidad nos sea accesible. El, que era “el primogénito entre muchos hermanos y hermanas (Rom 8:29) nos revela una maravillosa realidad; que nosotros también somos hijos e hijas de Dios. Al decir de Catalina de Siena “Cristo es el puente que nos conecta con Dios”. Utilizando un termino hindú, podemos decir que Jesús es para nosotros el Sat-guru (verdadero maestro), aquel que levanta el velo de nuestros ojos para revelarnos (literalmente des-velar) nuestro verdadero ser, hecho a imagen y semejanza de Dios. A través de esta revelación, podemos exclamar como Pablo “todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen… como por el Señor, el Espíritu” (2Cor.3:18). La revelación de Cristo pone en marcha en nosotros la divina transformación. Finalmente alcanzamos a ver quienes somos de verdad, quienes hemos sido siempre, y este ver nos permite reclamar nuestra verdad más profunda. Aprendemos a decir con Moisés y Jesús, y todos los seres iluminados desde toda la eternidad, “YO SOY”. (*) Conjunción: que enlaza palabras (en este caso tiempo-eternidad), de origen latino explica: cum, ‘con’, y jungo, ‘juntar’; por lo tanto, ‘que enlaza o une con’.

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